Las tres muertas de la calle República. Por Michi Love

Las tres muertas de la calle República. Por Michi Love

El vapor del arroyo Las Perdices se levanta en la noche cubriendo la calle República Argentina. Su piso de tierra, que en los mapas oficiales aparece de cemento, delata el curro de muchos gobiernos. Ella, la calle de las tres muertas, alberga en su corazón miles de historias, pero hoy les voy a contar solo tres de ellas: las de Elisa, Romina y Lorena.

En los años noventa, cuando Fito Páez movía sus rulos desenfrenados, Elisa despertaba como todos los días en la parte de arriba de su cama cucheta. Su hermana menor le robaba sus colitas de pelo y empezaba el griterío diario de aquel cuarto. Al final de la pelea, Elisa se tomó un baño y descubrió frente al espejo un huevo extraño que le creció en la espalda. Cáncer, dijeron los médicos. Terminal, fue el veredicto. Y así, Elisa peleó hasta el último día y fue feliz hasta el más mínimo suspiro. Las brujas del barrio de los gitanos, La Perla, decían que era un gualicho. De esos que se le hacen a la gente cuando se le tiene envidia. Esos en los que se matan gallos y se dejan frente a una casa cerca de algún árbol. Unos años después vinieron de la tele y dijeron que el agua del arroyo tenía desechos tóxicos, pero como toda noticia que no se vuelve memoria, con el tiempo se evapora.

A unas cuadras de esa calle estaba el centro comercial en la calle Salta. Allí Romina era la vendedora más agradable del local. Sus precios más económicos arrimaban a diario a muchos que concurrían allí en busca de una prenda buena, pero sobre todo barata. Entre venta y venta, Romina se enamoró con locura del dueño, un tipo casado que era propietario del sesenta por ciento de los comercios de la calle y que explotaba al cien por cien a sus empleadxs, que además estaban en negro. La madre de Romina, desesperada, al enterarse, intentó evitar lo inevitable encerrándola, pero ¿qué podía hacer una madre viuda depresiva con cuatro hijxs más a cuestas que apenas subsistía con una pensión? Cansada de tantas promesas, Romina se dirigió a las vías y saltó a los rieles asegurándose de no fallar.

En la dirección opuesta, cerca de la estación de trenes, estaba Meeks, la calle de los boliches, donde una noche se dirigía Lorena. Criada en una familia muy religiosa que iba todos los domingos a la parroquia San José Obrero, ansiaba cada sábado que su madre castradora al fin la dejara ir a bailar. Ella era muy blanca, con los ojos muy claros y tristes, como si tuviera una vida que no podía disfrutar. Era tan tímida que agachaba la cabeza y casi ni hablaba cuando se cruzaba en la calle con personas que conocía. La noche que sus padres le dieron luz verde para bolichear, el remisero que la llevaba decidió cruzar las vías en rojo y las luces del tren fueron lo último que vieron.

Aún después de treinta años, la calle República —ahora Avenida— tiene unos conductos altos, como chimeneas, que dejan salir por las noches el vapor rancio de un sistema capitalista, machista y corrupto que sigue matando a veces ruidosa y otras silenciosa, pero siempre eficazmente.

Tal vez, como un susurro al oído, las voces de las tres muertas de la calle República nos despierten algún día para cobrar justicia.

Del libro “Trío de mierda”

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