Habíamos terminado de ensayar, estábamos yendo a la casa de Bombita.
—Cuidado —dijo él—, me parece que vi un auto blanco.
—Bueno, pero puede ser otro —dijo el Gordo Dellepiane.
Bombita hizo un gesto con la mano para que no habláramos. Un Fitito blanco, despintado, avanzaba en la madrugada suarense.
—El Sargento Cucuresh —dije.
Pareció como si me hubiera escuchado porque en ese instante giró la cabeza y nos miró, o me pareció que nos miraba. Nos corrimos para atrás para meternos en el zaguán de la santería. Por suerte, Independencia a esa hora estaba muy oscura. Vimos como el Fitito llegó a la esquina y dobló.
—Zafamos —dije.
—Todavía no —dijo Bombita—tenemos que llegar a casa.
En la calle no había nadie. Caminamos rápido y sin hablar. Nos faltaba una cuadra.
—Alto ahí —escuché—alto ahí, ciudadanos. Manos contra la pared.
Hicimos lo que nos ordenó. A mí se me cayó un cuaderno. El Sargento lo levantó y leyó:
Pelota de goma en tu pantalón, me envuelven en una frazada y siento mucho calor.
—¿Qué es esta porquería? —dijo.
—Son nuestras canciones, Sargento, somos músicos.
—Eso ya me lo dijeron la otra vez, los tengo bien junados a ustedes, y también les dije que no tienen edad para andar a estas horas.
Bombita giró la cabeza.
—Somos libres de transitar por el territorio nacional cuando queramos, señor.
—¡Mire la pared, carajo! Usted habla solo si yo le pregunto, y nada de señor, soy Sargento de la Policía Secreta Bonaerense.
Me dio un ataque de risa. El Sargento me cacheteó la nuca.
—¿Qué se piensa, que soy un payaso?
—No, Sargento —dije.
—¿Sabe lo que le va a pasar ahora?
—No le haga nada —dijo el Gordo.
—Chito la boca. Y usted —se dirigía a mí—dese vuelta, míreme a los ojos.
Lo miré.
—Usted me va a acompañar a la comisaría —dijo.
Me quedé mudo. Los chicos le rogaron que no me llevara, que esa sería la última vez que andábamos tarde, pero fue inútil. El Sargento caminaba detrás de mí, me hizo subir al asiento del lado del conductor, cerró la puerta y subió por la otra, miré por la ventana, el Gordo se agarraba la cara, a Bombita le leí los labios, aguantá, aguantá, dijo.
En el viaje a la comisaría, que quedaba a cinco cuadras, no dijimos una palabra, yo me preguntaba si las historias que habíamos escuchado de él serían ciertas, lo miré de reojo, estaba afeitado a ras, pelo muy corto, la misma camisa celeste de siempre con el cuello engrasado, el revolver estaba apretado por el cinturón. Llegamos, en ese momento me hizo la pregunta que yo tanto temía.
—¿Le gustan las facturas?
Sin esperar mi respuesta me hizo bajar. Cuando entramos saludó a un policía que me hizo una sonrisa sobradora. Le dio al Sargento unas llaves.
—Al fondo —me dijo el Sargento.
Abrió la celda, no había nadie, solo un banco de madera, una silla y un tragaluz sin reja a la altura del techo. Me hizo un gesto para que me sentara en el banco, él se sentó en la silla.
—Bueno, su falta no es grave, pero merece una punición, Jorge.
—¿Sabe mi nombre?
—Yo lo sé todo.
Apareció el policía de la entrada con una bolsa y una jarra con agua que le dio al Sargento.
—¿Puedo llamar a mi mamá? —dije.
—Claro, encima que usted le falta el respeto a la autoridad.
—No, Sargento, yo no le falté el respeto.
—Callesé que está hablando la ley. Hubiese pensado antes en su madre —dijo, y miró el reloj—. Son exactamente las dos y cuarto, lo confino a prisión hasta las ocho y cuarto, ¿entendió?
Yo asentí y pensé que era como si me hubiera quedado a dormir en la casa de Bombita.
—Bien —dijo, y abrió la bolsa—, acá están las facturas que usted deberá comerse hasta su salida, a saber, cuatro por hora.
—Pero yo no tengo hambre.
El Sargento me echó una mirada fulminante.
—Como le decía, ahora se va a comer cuatro, en una hora yo mismo me voy a apersonar para verificar que las haya comido y proveerle de cuatro más, ¿prefiere con dulce de leche, pastelera, ricota o medialunas?
Estaba demasiado asustado para pensar con claridad.
—Me gustan todas —dije.
El Sargento sacó una de cada una y las dejó a mi lado con una servilleta, la jarra y un vaso, agarró la bolsa, cerró la celda y se fue. Empecé por la de pastelera, estaba buena. Pensé que mi situación no era tan grave como había creído, corría el rumor de que algunos presos habían reventado comiendo facturas y días después aparecieron en el basural del Ceamse, pero ese no sería mi caso si el Sargento me dejaba libre a la hora que dijo, de todas maneras no podía confiar en él, quería escaparme como sea, me preguntaba cómo. Agarré la medialuna, de pronto vi que una piedrita cayó delante mío, miré hacia arriba, había algo en el tragaluz, me paré y me fijé mejor, era Bombita y su boina soviética. Me hizo un gesto para que me quedara callado y me indicó que me acerque. No venía nadie, así que me subí al banco y me puse en puntas de pie.
—Te venimos a rescatar —dijo.
—¿Y cómo? No paso por acá, boludo.
—Tranquilo, con el Gordo trajimos la maza y el cortafierro del padre.
—¿Qué? Van a hacer un ruido bárbaro.
—Me extraña, estás hablando con un profesional. Hay que apurarse antes que nos pesquen.
—No, pará —agarré la medialuna, la de dulce de leche y la de ricota y se las di a Bombita—, tomá, dáselas al Gordo.
—No me digas que te hace comer facturas, ¡entonces era cierto! Bueno, no hay tiempo que perder —dijo y apoyó el cortafierro en el borde de abajo del tragaluz.
—Te dije que así no, vamos a terminar todos adentro.
—Entonces pasamos al plan B. —Me guiñó un ojo y me mostró un pote.
—¿Y eso qué es?
—¿Cómo que qué es?, ¿qué dice acá?: MAGIC GRASA-la mejor-.
—No, esto es muy angosto, no va a funcionar.
—Vos dejame a mi —dijo, y empezó a untar los bordes del tragaluz.
Yo miré para atrás, nadie.
—Apurate, ¿y el Gordo?
—Está acá abajo haciéndome la pata, dame un minuto y estamos.
Volví a mirar hacia atrás, el Sargento podía venir en cualquier momento. De repente, Bombita desapareció del tragaluz.
—Ey, ¿qué pasó? —dije.
Bombita me contestó desde abajo.
—El Gordo necesita descansar las manos.
—¿Me están jodiendo? Sáquenme de acá.
Bombita apareció de nuevo y me empezó a poner grasa en la cara.
—¿Qué hacés? —dije—, dame que me saco la remera y me pongo en la panza y en la espalda.
Eso fue lo que hice a toda velocidad.
—Listo, pero por acá no paso.
—Y dale con eso, sos flaco, lo vamos a lograr. Dame la mano.
Se la di, pude pasar un brazo y la cabeza por ese tragaluz roñoso, pero se me atoró el hombro, lo vi al Gordo haciéndole la pata a Bombita, estaba todo colorado y el cuerpo le temblaba.
—¡Puta que los parió, no paso!
Bombita me agarró del cuello y me tiró con todo.
—¡Por mi abuelo bolchevique que te saco de esta, Narigón!
De pronto, sentí que alguien me agarraba los pies y me tiraba hacia abajo. Bombita me soltó y caí parado en el banco. A mi lado estaba el Sargento Cucuresh.
—Ciudadano —dijo, y me miró de arriba a abajo—, ¿qué estaba haciendo?
Me quería morir.
—No me ponga esa cara de carnero degollado… Bájese de ahí y póngase la remera. Vamos mal, eh —dijo el Sargento, y se puso a dar vueltas por la celda—. Me desobedeció. Eso es muy grave.
—Yo no lo desobedecí. Me comí las cuatro facturas que usted me dio.
—Claro, ¿usted me ve cara de boludo?
Yo miré hacia el piso.
—Le hice una pregunta —dijo, y se acercó a mí.
—Perdonemé —creo que dije.
—¿Sabe lo que vamos a hacer? Usted se va a comer ocho facturas por hora y yo voy a estar acá sentado viendo cómo las disfruta. Ah, y su condena se va a extender hasta las dos y cuarto de la tarde, ¿comprendió?
El Sargento puso las facturas a mi lado y se sentó. Yo agarré una de dulce de leche y empecé a comer.
Cuento publicado en el libro “El trago bolche” (Falta Envido Ediciones, 2023)
