Cenizas de viernes. Por Alexia Encalada

Cenizas de viernes. Por Alexia Encalada

Las últimas casas donde ha estado han sido triangulares, la calle de una diagonal las cortaba. Una estaba en el primer piso, otra en un sótano, y la de ahora en una terraza triángulo. De esta última recordaba haber pasado por la vereda de la casa que la sostenía, pero como desde abajo no se notaba, se dio cuenta de que además era una terraza escondida.

Ha subido por las escaleras, al estar sobre la diagonal se ha desorientado, ha subido por las segundas escaleras, se ha ubicado y ha terminado de subir los últimos escalones, aun así, todavía se encuentra en la puerta de entrada.

Camina hasta el barandal desde donde se ven las calles. Se puede ver todo, como quien se asoma a una tormenta. Por la puerta del vértice ve un pozo, un gran pozo hundido, un hoyo en las calles de adoquines, gente que lo bordea para cruzar y autos. Entonces lleva la vista sobre la terraza. Las mesas, la gente, los manteles, el libro, los pasajes del libro ya leído en la casa de Victor que está sentado a su lado, pero lejano. Victor le anticipa que presentaran dos cuentos que le agradaran, él ya los había leído, pero no se lo dice.

Alguien lee del libro exageradamente grande, palabras que escribió pensando en el momento de decirlas en la terraza. La gente aplaude. El sonido de las últimas palmas retorna con un extraño eco

-¿Cómo será estar afuera?-se pregunta. Ahora vuelve lo que está allí abajo. Ahora supone agua. No puede evitar mirar otra vez por el borde y aunque no haya agua, suspira profundamente. Se sienta solo.

-Si Victor me pregunta ¿Qué hay, qué ves? Le digo- ¿Qué hay, qué ves? Ahora vuelve lo que está allí abajo. Ahora Victor supone agua. No puede evitar mirar una vez por el borde y aunque no haya agua, respira profundo y sonríe.

Lo único que Victor dijo después de tantos días sin verlo, lo único que quiso contarle es que le habían conectado el agua y que ahora podía bañarse. Victor sirve café en copas de vino y brinda por compromiso. El no toma. Victor insiste en que lo haga. El toma por compromiso y le dice que no está ahí para tomar café. Se quiere ir. Lo saluda, gira el torso, se acomoda la camisa y empuja la pared hasta traspasarla. Vuela muy lento. Suelta algo de humo apagado, parece que levita, pero no, está cayendo.

Llega suavemente a las baldosas de la vereda. Desde el hoyo ve acercarse un hombre muy parecido a él, le dice que recién lo ha visto caer de la terraza, mientras se alejan con un poco de cenizas, cruzando la diagonal.

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