Hay un momento en la literatura argentina en que las reglas del juego se rompieron para siempre. Ocurrió sin estridencias, sin proclamas manifiestas en las puertas de las facultades ni solemnes tratados de teoría literaria. Ocurrió, más bien, a fuerza de una página escrita al día, en mesas de café, con una lapicera de trazo fluido y una premisa tan simple como suicida: la huida hacia adelante.
En el centro de ese terremoto silencioso está César Aira. Nacido en Coronel Pringles en 1949 pero instalado como un mito caminante en las calles de Buenos Aires, Aira construyó una obra gigantesca —compuesta por más de un centenar de novelas breves— que funciona como un laboratorio de invención ininterrumpido. Pero si hay un texto que condensa toda la magia, la paradoja y el poder corrosivo de su estética, ese es Cómo me hice monja (1993).
El arte de no mirar atrás
Para entender el impacto de Cómo me hice monja, primero hay que entender cómo escribe Aira. En una tradición literaria obsesionada por la arquitectura perfecta —piénsese en la meticulosidad espacial de Juan José Saer o en las filigranas conceptuales de Jorge Luis Borges—, Aira propuso algo insólito: escribir sin planificar y jamás corregir.
Lo que en otros sería un ejercicio de pereza, en Aira se convirtió en una poética del riesgo. Cada párrafo avanza empujado por la pura improvisación; si la trama se acorrala a sí misma, el autor no borra: inventa un giro absurdo, hace aparecer a un heladero misterioso, cambia el género del narrador o altera las leyes de la física para seguir adelante.
En Cómo me hice monja, esa “huida” alcanza su punto de máxima ebullición.
Rosario, un cero en botánica y el absurdo cotidiano
La novela empieza con una de las premisas más desconcertantes de la narrativa contemporánea. El narrador es César, un niño de seis años que vive en Rosario. Desde el primer párrafo, la identidad transita un terreno totalmente maleable: el texto vacila entre presentarlo como varón o como nena, sin que la voz narrativa se despeine por la contradicción.
Todo arranca con un evento en apariencia menor pero de consecuencias destructivas: una mala nota en la escuela. La maestra, Madame Lidon, le pone un cero a César en una lección sobre plantas. Lo que en el realismo tradicional derivaría en un conflicto psicológico o en un drama familiar de modales contenidos, en el universo airano escala hacia el delirio puro: el padre de César, dominado por un arrebato de furia ciega, asesina a tiros a la maestra en plena calle.
A partir de ahí, la vida familiar se desmorona. César, su madre y su hermana se trasladan a los márgenes precarizados de la ciudad. Es allí donde la novela abandona cualquier intento de crónica social para sumergirse en una atmósfera onírica y fascinante, marcada por la presencia de un heladero local que se transforma en el eje de las reflexiones más extrañas sobre el conocimiento, la percepción y el aislamiento.
¿Pero de qué se hace monja?
El título de la novela es una de las trampas más célebres de Aira. A lo largo de sus páginas, ningún personaje entra a un convento ni profesa votos religiosos.
En el universo de Aira, “hacerse monja” es una metáfora luminosa de la vocación. Representa el sacrificio, el aislamiento del ruido terrenal y la entrega absoluta a una forma de ver el mundo. Es la infancia entendida no como una etapa de inocencia ingenua, sino como un estado de contemplación pura, donde el horror y la maravilla coexisten con la misma naturalidad desapegada. El niño se “hace monja” porque se recluye en la fe del conocimiento y de la ficción para sobrevivir al caos del entorno adulto.
Alta cultura, cultura pop y la libertad de jugar
Lo que hace que Cómo me hice monja siga deslumbrando a más de tres décadas de su publicación es la soltura con la que cruza registros. En apenas cien páginas conviven la filosofía, la observación científica, el folletín, el humor absurdo y el tono kitsch de la cultura popular. Aira le devolvió a la literatura argentina algo que el rigor académico a menudo le quita: el placer soberano del juego.
Frente a la pesadez de las “grandes obras nacionales”, Aira demostró que una novela corta, ligera en su formato pero infinitamente sofisticada en sus ideas, podía redefinir la forma en que leemos y escribimos. Cómo me hice monja no solo es una puerta de entrada inmejorable a su universo: es la prueba viva de que, cuando se abandona el miedo a equivocarse, la literatura se vuelve verdaderamente libre.
