Ayer te soñé en un sueño profundo: “De besos, no de razones”, como decía Quevedo.
Soñé que era un escritor conocido y que me invitabas al Café Cortázar.
Sabías que vivía cerca de su casa de Banfield y te dije que viví frente a la de Borges.
Pero nada de eso me hace un escritor conocido.
Insististe con que aparecía en las redes, que hacía festivales y hasta un periodista dijo que movía multitudes.
Y yo apenas me muevo.
Pero me gustó eso que dijiste “De besos, no de razones” que decía Quevedo y te seguí el sueño.
Ayer soñé con tus besos, no con que me leas. Y me invitaste a otro café: al Café Tortoni.
“Pero lo malo del sueño no es el sueño, sino eso que llaman despertarse”.
Y yo no soy un escritor conocido. Aunque con esto que te digo acabe de un plumazo con tu sueño y el mío. Y dejes de escribirme o invitarme a bares a leer poesía.
Tampoco que como Cortázar escribo para que me lean.
¡Por qué a mí no me leen!
Soy yo el que me estoy leyendo, acá, hoy, en el Café Tortoni, para que me escuches (como lo habrán hecho en el subsuelo Cortázar o Borges)
Yo apenas me leo.
Y escribo este texto, no para que me leas.
Sino para volver verte. Ojalá te emociones y me des un beso.
(texto inspirado en dos frases de Julio Cortázar y una de Quevedo, escrito para ser leído en el Café Tortoni)
