El mapa político argentino transita una cornisa peligrosa donde las palabras del poder parecen acelerar su propio desgaste. Tal como lo señaló con claridad hoy Antonio Laje en su mañana en @A24, advertirle al presidente que no subestime a la gente y que no se puede salir a decir que si no lo votan es porque los argentinos decidieron “suicidarse” marca un punto de inflexión. Insistir en esa lógica es cometer el error histórico de confundir la paciencia coyuntural con la resignación perpetua, cayendo en un cinismo extremo y en una falta de respeto total hacia una sociedad que sufre el ajuste más largo de la historia moderna, diseñado para bajar la inflación de cuajo pero que deja a millones sin trabajo, sin esperanza y sin respuestas.
En esa geografía de la fatiga, las viejas estructuras observan agazapadas mientras la coalición oficialista cruje. El bloque original se reduce, atrapado en sus propias contradicciones: se critica duramente al populismo mientras se le giran recursos y pesos a la provincia de Buenos Aires para que Axel Kicillof —cuya gestión es calificada de muy mala— llegue mejor parado a su campaña presidencial, financiando al adversario con tal de sostener la frágil gobernabilidad. La política real no perdona la distancia entre el despacho y el bolsillo vacío, confirmando una vez más el viejo dicho de que después de la soberbia siempre viene la caída.
Todo este entramado de desgaste no ocurre en el vacío, sino bajo la atenta maquinaria de la construcción mediática. En esa ecuación, los grandes multimedios muestran sus cartas y sus contradicciones: pantallas como A24 y grupos como América —que en su momento supieron ser plataformas fundamentales para aupar y habilitar el ascenso de Javier Milei— hoy modulan el termómetro del descontento. Sin embargo, en el fondo de la matriz informativa operan los alineamientos estructurales de siempre: tanto A24 como Infobae, más allá de presentarse puramente como vehículos de información, responden históricamente a una sintonía fina que, llegado el momento de la verdad, apunta a una línea directa que impulsaría y allanaría el camino a la candidatura del tigrense, que según las encuestas que circulan arrasaría con el 60%.
A este ritmo, con el tablero institucional inclinado por inercia propia y los aparatos mediáticos reordenando sus fichas, el peronismo activa sus terminales: Sergio Massa @SergioMassa atiende el teléfono y escucha los mensajes insistentes de Máximo y Cristina Kirchner bajo la consigna de “Dale, Sergio, dale que ganás”.
Salvo que emerja desde los márgenes un outsider absoluto —esa esencia marginal dispuesta a romper el juego de la impune política—, el camino va quedando despejado. Sin alternativas genuinas que oxigenen el sistema y ante el desgaste de una gestión empecinada en no escuchar la angustia de la calle, las puertas del poder se abren de par en par para el inminente gobierno de Sergio Massa y el temor de volver a una inflación a la alza, 20 tipos de cambio y un futuro con la plaza llena de pesos en papel moneda, avalado por el silencio estratégico de quienes primero lo auparon y ahora lo reciclan.
Carlos Alberto Leiva
