“La medicina y la escritura fueron siempre dos pasiones demasiado fuertes como para ceder una a la otra”

“La medicina y la escritura fueron siempre dos pasiones demasiado fuertes como para ceder una a la otra”

Entrevista a Ricardo Curci, médico, escritor, autor de 10 libros, colaborador de revistas literarias y ganador del premio de la Fundación Ciudad de Arena y de Avalon de cuento fantástico, entre otros.

¿Por qué un médico se hizo escritor o al revés?

Muchas veces me han preguntado sobra la supuesta ambivalencia de practicar simultáneamente una profesión científica y una artística, ya que tiende a una metodología empírica y exacta, mientras que la otra es imaginativa, intuitiva y sin reglas determinadas más que por el gusto y el talento, valores tan difíciles de valorar estadísticamente. Obviando el hecho concreto que puede comprobarse en la historia de incontables médicos- escritores, podemos decir que hay tal incompatibilidad, y que la aparente ambivalencia hace que ambas disciplinas se alimenten mutuamente.

La medicina, a diferencia de otras ramas científicas, es también un arte, porque inevitablemente involucra la intuición del médico, que se sensibiliza y enriquece con el conocimiento enciclopédico y científico. Y la intuición, tanto como la imaginación, son los ingredientes primordiales de una disciplina artística y creativa. En este caso, el arte se alimenta y se enriquece con una mirada peculiar y especialísima que se suma a las que pueda tener cualquier otra individuo con diferente profesión, es decir, la mirada anatómica y fisiológica. De aquí, las puertas están abiertas para cualquier clase de conjeturas o disquisiciones que se puedan hacer: históricas, sociológicas, filosóficas y hasta teológicas. Por eso, como dijo Eduardo Mallea alguna vez, contando que al visitar a un amigo médico había visto un libro de ficción sobre el escritorio del consultorio, y preguntando el motivo, el amigo médico le había contestado que para demostrar a sus pacientes  que sabía algo más que curar una gripe.

En mi caso en particular, ambas inquietudes se presentaron prácticamente en forma simultánea. Empecé a escribir en la adolescencia, pero lo hice más seriamente al entrar en un taller literario, coincidiendo con el inicio de mi carrera facultativa. Durante el período de formación de ambas, el tiempo dedicado a cada una me confrontó, compitiendo, en forma inevitable, pero el equilibrio se fue dando espontáneamente, ya que ambas pasiones, porque se eso se trata, fueron siempre demasiado fuertes como para ceder una a la otra.

Empecé a escribir en la adolescencia, pero lo hice más seriamente al entrar en un taller literario, coincidiendo con el inicio de mi carrera facultativa.

¿Qué cuentistas o qué cuentos te gustan?

El escritor que más me influyó en la adolescencia fue Charles Dickens, en especial con su David Copperfield, con su poética trágica y sus exquisitos melodramas de época. Inmediatamente después llegó Ray Bradbury, con sus epopeyas humanísticas y metafísicas en ámbitos extremos. Entre los latinoamericanos, Horacio Quiroga, por sus hombres tristes, herméticos y aislados.

Luego, en la época de aprendizaje de taller, llegaron Julio Cortázar y Dino Buzzatti, por mencionar dos estilos que me influyeron y que admiro enormemente. Pero principalmente me llegó el gran hallazgo: William Faulkner, con sus textos como obras que son como fábulas de fracasos y castigos, como alegorías bíblicas.

Más tarde, llegaron muchos otros, Maupassant, Flaubert, Onetti, Borges, etc.

En cuanto a cuentos, son muchos, pero los primeros que siempre me llega a la memoria es “La capa” de Buzzatti, y “El mensajero” de Bradbury. Ambos, sin duda, comparten un mismo tema, la muerte y su significado, que está implícitamente arraigado en mi temperamento y mi formación e inquietudes, claro, tanto intelectuales como espirituales.

En cuanto a cuentos, son muchos, pero los primeros que siempre me llega a la memoria es “La capa” de Buzzatti, y “El mensajero” de Bradbury.

¿Qué sentís cuando recibís un premio literario?

Tengo una relación algo distante con los premios literarios. En mis inicios en la escritura creativa, les daba importancia por su valor de promoción y reconocimiento, aprendiendo que ambas cosas son en extremo relativas con el correr del tiempo. Cumplieron su papel de valoración del ego, y por lo tanto constituyeron estímulos sin duda invalorables, pero no necesarios, vistos de la perspectiva de la edad.

Luego, la ausencia de premios a pesar de presentar trabajos en los concursos, también cumplió su función, que en este caso fue la de estimular la escritura más allá de cualquier factor externo. Fui consciente, más que nunca, de que mi interés estaba en escribir y mejorar, y que eso llegaba de la lectura abundante y la corrección por parte de los colegas escritores. Por eso, ahora, bienvenidos sean, pero me parece que no es el afán de, perseguirlos lo define a un escritor, sino su calidad literaria, producto exclusivo de la lectura, la disciplina, y de incierta dosis de talento.

Fui consciente, más que nunca, de que mi interés estaba en escribir y mejorar, y que eso llegaba de la lectura abundante y la corrección por parte de los colegas escritores.

¿Qué significa la zona oeste para vos?

La zona oeste del gran Buenos Aires es mi lugar de nacimiento, infancia y juventud. Jugué, recorrí, caminé, paseé en auto, en tren y colectivos, estudié y compartí charlas y horas con familiares y amigos. Ahora que no vivo en esa zona, pero que visito constantemente, cada vez que voy siente un aire conocido porque está impregnado en mi memoria, la más fuerte que puede concebirse, que es la de la infancia. Los sinsabores, por supuesto, fueron numerosos, pero esos momentos trágicos, donde algo se rompe, determinan mojones, grietas y agujeros en la memoria afectiva, y entonces tenemos un paisaje que no se puede borrar.

Arboles, plazas, calles, veredas, edificios, fachadas, casas, horas del día o de la noche, animales, gente, familiares ya idos, golpes, también, tardes tristes, noches de vagabundeo, esperas en un andén por la noche, madrugadas intranquilas. Todo eso forma la memoria afectiva de mi zona del oeste, desde Moreno hasta Once, y más allá entrando en capital, hasta Caballito con sus rieles penetrando en Miserere.

La zona oeste del gran Buenos Aires es mi lugar de nacimiento, infancia y juventud. Jugué, recorrí, caminé, paseé en auto, en tren y colectivos, estudié y compartí charlas y horas con familiares y amigos.

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