La mujer que quería escribir a Horacio Oliveira: el ego, el deseo y la ficción de ser libre

La mujer que quería escribir a Horacio Oliveira: el ego, el deseo y la ficción de ser libre

Por Carlos Alberto Leiva

Ensayo sobre la soledad cotidiana, las pulsiones, Instagram y esa frontera incierta entre la mujer que escribe y el personaje que necesita representar.

Hay mujeres que tienen la vida organizada, las cuentas cubiertas y la posibilidad de disponer de su tiempo sin que cada jornada se convierta en una carrera contra la urgencia. Corren, viajan, leen, observan. Han aprendido a estar solas sin experimentar necesariamente la soledad como una derrota. Pueden sentarse frente a una ventana, recorrer una ciudad desconocida o regresar de una actividad física sin sentir que deben explicarle a nadie qué están haciendo con su vida.

Y, sin embargo, incluso cuando todo parece estar en su lugar, queda un territorio que no se deja administrar con la misma facilidad: la imaginación.

Porque una cosa es vivir y otra, muy distinta, es la vida que comenzamos a escribir dentro de nosotros. Entre ambas puede existir una distancia saludable, una reserva de libertad que permite fantasear sin consecuencias inmediatas. Pero también puede abrirse una confusión: la necesidad de convertir la experiencia en una historia y la historia en una identidad.

¿Qué sucede cuando una mujer quiere escribir un personaje libre, licencioso, inteligente, capaz de cuestionar las convenciones y de vivir sus deseos sin someterse al juicio ajeno, pero todavía no consigue darle una existencia literaria? ¿Qué sucede cuando, mientras la obra permanece incompleta, comienza a construir esa misma mujer en sus publicaciones, sus conversaciones y sus relaciones?

La pregunta no es si la autora puede reconocerse en su personaje. Toda escritura contiene, de alguna manera, una experiencia del mundo. La pregunta es otra: ¿puede crear una mujer que no sea una prolongación de sí misma o necesita que la ficción confirme aquello que ya ha decidido ser?

Horacio Oliveira, el protagonista de Rayuela, de Julio Cortázar, puede ayudarnos a entrar en esta contradicción. No porque su experiencia sea trasladable mecánicamente a la de una mujer, sino porque su relación con el pensamiento, el deseo y la existencia permite observar un riesgo: el de quedar atrapado en la búsqueda de una identidad que nunca termina de encontrar su forma definitiva.

La mujer que observa y la mujer que necesita ser observada

Hay una diferencia entre observar el mundo y construir una imagen de una misma a partir de lo que el mundo devuelve.

La mujer que corre puede experimentar el cuerpo sin convertirlo en una declaración. El movimiento tiene una lógica elemental: avanzar, respirar, encontrar un ritmo, aceptar el cansancio. Durante ese tiempo, la conciencia deja de reclamar explicaciones para cada cosa. El cuerpo impone una realidad que no depende de la aprobación de nadie.

También el viaje puede ofrecer una experiencia semejante. Llegar a una ciudad en la que nadie conoce nuestra historia permite abandonar, al menos por un rato, la identidad que sostenemos habitualmente. No hay que demostrar inteligencia, sensibilidad, belleza, independencia ni profundidad. Se puede caminar sin propósito, equivocarse de calle, permanecer en silencio frente a una mesa de café y observar a los demás sin convertirlos inmediatamente en personajes de una narración personal.

La soledad cotidiana tiene esa virtud: permite que una mujer exista fuera de la mirada que la define.

Pero la observación puede transformarse en representación. La mujer que corre empieza a pensar en la imagen que produce; la que viaja necesita que cada destino confirme su independencia; la que escribe comienza a evaluar sus experiencias según su potencial literario. Incluso el desapego puede convertirse en una pose que necesita ser reconocida.

Ya no alcanza con estar sola: hay que parecer una mujer que sabe estar sola.

Ya no alcanza con viajar: el viaje debe demostrar una manera de comprender el mundo.

Ya no alcanza con desear: el deseo tiene que confirmar una identidad libre, ajena a los prejuicios y las convenciones.

El ego no siempre aparece como vanidad. A veces se presenta bajo formas intelectualmente sofisticadas: la necesidad de ser excepcional, de poseer una sensibilidad diferente, de comprender lo que otros no comprenden o de vivir de una manera que pueda ser interpretada como una forma superior de libertad.

Y una mujer puede quedar atrapada en esa exigencia sin dejar de ser inteligente, independiente o sincera. No necesita mentir para comenzar a confundirse. Basta con que la imagen que construye de sí misma se vuelva más importante que la posibilidad de modificarla.

Horacio Oliveira y la mujer que todavía no ha escrito

Oliveira busca algo que no termina de encontrar. Desconfía de las explicaciones convencionales y no se conforma con aceptar la realidad tal como se presenta. Su pensamiento intenta atravesar las apariencias, pero esa misma necesidad de comprender puede interponerse entre él y la experiencia que desea alcanzar.

Cortázar no construyó a Oliveira para ofrecer una receta de vida. Lo convirtió en una figura literaria capaz de exponer las contradicciones de quien necesita pensar la existencia mientras intenta vivirla.

La mujer que quiere crear un personaje semejante puede sentirse atraída por esa tensión. Quizá le interese una protagonista que cuestione los dogmas, que no acepte las definiciones habituales del amor, que pueda explorar el deseo sin pedir disculpas y que se resista a ser reducida a una identidad convencional.

Sin embargo, imaginar un personaje de esas características no equivale a escribirlo.

El personaje necesita una forma, una voz, una historia, contradicciones que no sean meras declaraciones de principios. Necesita actuar, equivocarse, sorprender y producir consecuencias. No basta con reunir frases inteligentes, experiencias intensas y reflexiones acerca de la libertad.

La literatura exige que aquello que el autor intuye adquiera una existencia que ya no dependa exclusivamente de su voluntad.

Aquí aparece una dificultad particular. Si la escritora no consigue construir ese personaje, puede comenzar a vivir como si ya lo hubiera creado. Las experiencias personales empiezan a funcionar como capítulos; las conversaciones, como diálogos; los desencuentros, como conflictos narrativos. La mujer que todavía no ha logrado escribir a su protagonista comienza a representarla en su propia vida.

Y acaso no advierta cuándo se produce el desplazamiento.

Puede creer que está explorando su libertad cuando, en realidad, está intentando sostener una imagen de mujer libre. Puede interpretar sus contradicciones como señales de profundidad, sus desencuentros como pruebas de una sensibilidad excepcional y sus deseos como manifestaciones de una identidad que no admite límites.

La paradoja es que una mujer puede querer escribir un personaje libre y terminar sometida a la obligación de parecerse a él.

Oliveira se convierte entonces en una tentación: no un personaje para comprender, sino una identidad que imitar. Y lo que en Cortázar constituye una construcción literaria compleja puede transformarse, fuera de la novela, en una justificación para no examinar las propias contradicciones.

La ficción deja de ampliar la experiencia. Empieza a organizarla.

Instagram: la novela que se publica antes de ser escrita

Instagram permite construir una presencia a través de fragmentos. Una fotografía, una frase, una canción, una imagen de un viaje o una reflexión sobre el deseo pueden producir la impresión de una identidad coherente. Cada publicación añade una pieza a una figura que los demás interpretan y que su autora también aprende a reconocer.

No hay nada necesariamente artificial en ese proceso. Una escritora puede utilizar las redes para compartir su trabajo, ensayar una voz, encontrar lectores o explorar las posibilidades de una estética propia. La exposición pública no invalida la literatura, del mismo modo que el silencio no garantiza profundidad.

El problema aparece cuando la representación comienza a ocupar el lugar de la creación.

Una publicación puede sugerir una filosofía sin tener que someterla a las contradicciones de un ensayo. Una frase puede parecer definitiva porque no necesita sostenerse a lo largo de una narración. Una fotografía puede transmitir la imagen de una mujer autónoma, sensual e intelectualmente inquieta sin que esa imagen tenga que explicar cómo conviven esas dimensiones en su vida cotidiana.

La red ofrece una forma inmediata de representación. La literatura, en cambio, exige tiempo, trabajo y la posibilidad de revisar lo que se ha escrito.

Una obra puede contradecir a su autora. Una publicación, en cambio, puede ser seleccionada para reforzar la imagen que ella desea proyectar.

Por eso la pregunta no es si Instagram sirve para escribir. Sirve, entre otras cosas, para publicar, explorar, comunicar y experimentar. La pregunta es qué relación establece la escritora con la imagen que produce.

¿Publica porque tiene algo que decir o necesita que cada publicación confirme que es la mujer que desea ser?

¿Está utilizando la red para encontrar una voz literaria o ha comenzado a utilizar la literatura como una manera de justificar su presencia en la red?

La diferencia puede parecer insignificante, pero modifica la relación con el trabajo. En un caso, la identidad pública acompaña a la obra. En el otro, la obra queda subordinada a una identidad que necesita permanecer reconocible.

El ego encuentra allí una solución cómoda: si la escritora consigue que los demás perciban profundidad, originalidad o libertad, puede experimentar la sensación de que su proyecto está avanzando, incluso cuando el personaje continúa sin existir fuera de sus intenciones.

La novela se convierte en una promesa permanente. Instagram, en el escenario donde esa promesa encuentra una forma visible.

Y la autora puede pasar mucho tiempo sosteniendo la imagen de una obra futura sin enfrentarse a la pregunta más difícil: qué necesita hacer para escribirla realmente.

Los chats y la imaginación del deseo

La intimidad digital introduce una materia todavía más delicada. En los chats aparecen pulsiones, expectativas, insinuaciones, silencios y respuestas que admiten interpretaciones diferentes. El deseo comienza a trabajar antes de que dispongamos de toda la información necesaria para comprender una situación.

Una frase puede despertar una expectativa. Una demora puede generar una hipótesis. Una respuesta ambigua puede parecer la confirmación de algo que ya deseábamos creer.

La imaginación completa los espacios vacíos y construye una historia posible.

Para una escritora, ese movimiento constituye un material narrativo valioso. Las conversaciones permiten observar cómo las personas se aproximan, se defienden, seducen, se contradicen y construyen versiones de sí mismas. Pero también plantean un problema: el personaje que imaginamos a partir de una conversación no necesariamente coincide con la persona que está del otro lado.

La escritora puede convertir a su interlocutor en un personaje que desea, teme, espera o rechaza de determinada manera. Puede atribuirle una intención y organizar los mensajes posteriores según esa interpretación. Entonces corre el riesgo de confundir la realidad del intercambio con la novela que ha comenzado a construir en su cabeza.

El otro deja de ser una persona cuya experiencia desconoce parcialmente y pasa a ocupar un papel dentro de una historia privada.

No hace falta que exista una voluntad de manipulación. La fantasía puede operar de manera involuntaria, impulsada por el deseo de encontrar sentido, por la necesidad de reconocimiento o por el temor a aceptar que una experiencia carece de la importancia que le habíamos atribuido.

El problema aparece cuando la escritora pierde la capacidad de distinguir entre lo que ocurrió, lo que sintió y lo que imaginó.

La pulsión no es una prueba. La intensidad emocional no demuestra que la interpretación sea correcta. Y el hecho de que una escena tenga un extraordinario potencial literario no obliga a que las personas reales involucradas se comporten como los personajes que imaginamos.

La libertad de la escritura no consiste en negar estas diferencias, sino en poder trabajar con ellas.

Una mujer puede escribir sobre el deseo sin convertir cada vínculo en una historia destinada a confirmar su atractivo, su inteligencia o su capacidad de seducción. Puede explorar la fantasía sin exigirle a la realidad que la reproduzca. Puede reconocer que una conversación la movilizó profundamente sin concluir que el otro experimentó lo mismo.

La pluma licenciosa, en su sentido más fértil, no es la que elimina toda frontera. Es la que se permite explorar el deseo, la sensualidad y las contradicciones sin someterse a una moral impuesta, pero tampoco a la obligación de convertir cada pulsión en una verdad definitiva.

Hay una diferencia entre escribir libremente sobre lo que deseamos y necesitar que aquello que deseamos confirme quiénes somos.

Los dogmas y la mujer que no puede contradecirse

Una escritora puede rechazar los dogmas sociales y, sin embargo, construir los propios.

Puede sostener que el amor debe ser libre, que el deseo no necesita justificarse, que las mujeres no tienen por qué responder a las expectativas ajenas y que la autonomía consiste en disponer de la propia vida. Son posiciones que pueden abrir un campo de exploración literaria.

Pero ninguna idea, por emancipadora que parezca, queda a salvo de convertirse en una nueva obligación.

Si la mujer libre tiene que desear siempre sin miedo, la libertad se convierte en una exigencia. Si la mujer independiente no puede reconocer que necesita a alguien, la independencia se transforma en una defensa. Si la mujer que cuestiona las convenciones debe demostrar permanentemente que está por encima de ellas, termina organizando su vida alrededor de aquello que pretendía superar.

El dogma no desaparece necesariamente cuando se abandona una doctrina tradicional. Puede reaparecer como una identidad alternativa.

La escritora se dice que no necesita aprobación, pero mide el efecto de sus publicaciones. Afirma que no depende de nadie, pero interpreta sus relaciones según la imagen de autonomía que necesita preservar. Defiende el derecho a contradecirse, siempre que las contradicciones no comprometan la figura que ha construido de sí misma.

No se trata de señalar una hipocresía femenina. Es una dificultad humana que adquiere formas particulares según las expectativas sociales, las experiencias y las identidades que cada persona intenta sostener.

El problema literario surge cuando la autora impide que sus personajes atraviesen esas contradicciones. Si su protagonista debe representar la libertad, no puede mostrar dependencia. Si debe encarnar el desapego, no puede admitir celos. Si debe demostrar que ha superado los dogmas, no puede descubrir que todavía necesita alguna de las certezas que rechazaba.

El personaje se convierte en una declaración ideológica, no en una persona de ficción.

Y entonces la obra pierde una de sus posibilidades más interesantes: mostrar cómo una mujer puede defender la libertad y, al mismo tiempo, temer sus consecuencias; desear la autonomía y experimentar la necesidad de ser reconocida; cuestionar las convenciones y descubrir que algunas de sus propias convicciones también pueden limitarla.

La literatura no necesita resolver estas tensiones antes de comenzar. Necesita permitir que existan.

El desapego no es una pose

Hay una manera de observar la vida que no necesita apropiarse de todo lo que encuentra. Se aprende, a veces, en la soledad de los días, en el movimiento repetido del running, en los viajes que no producen revelaciones extraordinarias y en esos momentos en los que el mundo continúa funcionando sin que debamos intervenir.

El desapego no significa dejar de sentir. Significa aceptar que una experiencia no tiene por qué convertirse en una propiedad, una explicación o una prueba acerca de nosotros mismos.

Una mujer puede disfrutar de su soledad sin tener que demostrar que la ha elegido por superioridad intelectual. Puede viajar sin transformar cada destino en un argumento sobre su independencia. Puede desear a alguien sin convertir ese deseo en una novela privada sobre su propia excepcionalidad.

También puede escribir sin utilizar la escritura como un tribunal donde cada experiencia debe demostrar que tenía razón.

Quizá la observación profunda comience cuando deja de buscar en cada situación una confirmación de su identidad. El mundo recupera entonces su autonomía. Las personas vuelven a ser imprevisibles. Los acontecimientos pueden conservar su ambigüedad. Algunas cosas suceden y no significan nada más que lo que efectivamente sucedió.

Para una escritora, esta disposición puede resultar especialmente fértil. Le permite mirar a los demás sin convertirlos inmediatamente en instrumentos de su relato y mirarse a sí misma sin necesitar que cada descubrimiento confirme una imagen previamente establecida.

La soledad puede ser un espacio de trabajo, no una escenografía. El running, una experiencia corporal, no una metáfora obligatoria. Los viajes, una forma de conocer, no una prueba de distinción. Y la escritura, una práctica que exige algo más que la convicción de tener una voz propia.

Porque una cosa es sentir que se tiene una obra dentro y otra encontrar la forma de hacerla existir.

La mujer que escribe y la mujer que representa

El problema no está en que una escritora se parezca a sus personajes. La literatura se alimenta de esa cercanía. El problema aparece cuando necesita que sus personajes se parezcan a ella para confirmar que la vida que está llevando tiene el significado que desea atribuirle.

En ese punto, Horacio Oliveira deja de ser una figura literaria y se convierte en una posibilidad de identificación que puede limitar la experiencia. La mujer ya no observa sus contradicciones para escribirlas: necesita vivirlas de una manera que resulte coherente con el personaje que quiere representar.

La diferencia es sutil, pero decisiva.

Una escritora libre puede cambiar de opinión, abandonar una interpretación, reconocer un error y descubrir que su deseo no era lo que había imaginado. Puede construir una protagonista que la contradiga, que tome decisiones que ella no tomaría y que llegue a conclusiones distintas de las suyas.

También puede permitir que su personaje fracase sin convertir ese fracaso en una justificación personal. Puede escribir una mujer que desea ser amada, una que no quiere comprometerse, una que confunde la libertad con la huida o una que descubre que su independencia no le impide experimentar miedo.

Ninguna de ellas tiene que representar un ideal.

La ficción adquiere autonomía cuando el personaje deja de funcionar como una extensión de la identidad de su autora. Cuando puede existir más allá de la necesidad de demostrar que quien lo escribe es inteligente, sensible, sensual, inconformista o excepcional.

En ese momento, la escritora ya no necesita convertirse en su protagonista. Puede observarla, discutir con ella, comprender sus decisiones y permitir que la contradiga.

Y esa distancia quizá sea una forma más exigente de libertad que la representación permanente de una identidad libre.

Porque no hay verdadera autonomía en la obligación de parecerse siempre a la mujer que una ha decidido ser.

La mujer que corre, viaja, escribe y permanece sola puede disponer de su tiempo sin tener que convertirlo en una demostración de independencia. Puede experimentar el deseo sin obedecerlo ciegamente, publicar sin necesitar que cada publicación confirme su valor y fantasear sin exigirle a la realidad que cumpla con la historia que ha imaginado.

La ficción es un territorio donde todo eso puede explorarse. Pero no necesita convertirse en un mandato para la vida.

Y, sin embargo, queda una pregunta que no conviene responder demasiado rápido: cuando una mujer lleva tanto tiempo imaginando a la protagonista que desea escribir, cuando ha comenzado a reconocerla en sus publicaciones, en sus conversaciones y en la manera en que interpreta sus propios deseos, ¿cómo distingue el momento en que la ficción le permite comprenderse de aquel en que empieza a exigirle que viva de acuerdo con un personaje que todavía no ha conseguido crear?

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Carlos Leiva nació un 20 de Diciembre de 1970 y se crio en Estación Rivadavia, a la vuelta de la ex ESMA. Es un artista multifacético, ensayista de literatura narrativa, escritor y editor de contenidos culturales, políticos y sociales. Escribe de cultura, viajes y lugares para visitar. Asesora por X (twitter) a políticos argentinos, entre ellos Mauricio Macri. Es especialista en SEO y posicionamiento web. Dirige urbanocotidiano.com
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