Reseña sobre Tengo miedo torero de Pedro Lemebel.
En la literatura latinoamericana de finales del siglo XX, la periferia dejó de ser un simple paisaje para convertirse en una forma del lenguaje. En ese territorio incendiado, donde la política se lee en los márgenes y la memoria se escribe sobre la piel, la figura de Pedro Lemebel emerge no solo como un autor indispensable, sino como un soplido barroco que desarmó la solemnidad del canon. Con su única novela, Tengo miedo torero (2001), y su vasta producción de crónicas (Loco afán, De perlas y cicatrices, La esquina es mi corazón), Lemebel construyó un universo donde el dolor, la fiesta, el bolero y la resistencia política respiran bajo la misma sintaxis.
Sin embargo, comprender la magnitud de Lemebel exige preguntarse por la naturaleza de su artefacto: ¿dónde termina la crónica y dónde empieza la ficción? Y más aún, ¿en qué constelación dialoga con otros dos gigantes de la mirada continental como Carlos Monsiváis y Roberto Bolaño?
I. La costura de los géneros: La novela como una gran crónica bordada
Para Lemebel, escribir nunca fue un ejercicio de gabinete ni una técnica aséptica; fue un acto de costura. En Tengo miedo torero, la historia del amor clandestino entre «La Loca del Frente» y un joven militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez durante el otoño de 1986 no traiciona la textura de sus libros de crónicas. Al contrario: la profundiza.
La frontera entre la crónica y la novela en Lemebel es porosa, casi inexistente. Su única incursión en el aliento largo narrativo conserva intactos los vicios y virtudes de su prosa breve:
- El neobarroco popular: Ese idioma saturado de adjetivos, sonoridad de radio AM y jerga travesti que en sus crónicas retrataba la noche santiaguina, sostiene aquí la atmósfera del patio donde La Loca guarda las «cajas misteriosas» de la resistencia.
- El sujeto disidente: La mirada no se posa en los grandes estrategas del atentado contra Pinochet, sino en el cuerpo marginado que borda manteles para las esposas de los generales mientras sueña con un bolero de Sara Montiel.
Tengo miedo torero no es más que una gran crónica orquestada, un fresco donde la pequeña historia —la afectiva, la de los cuerpos invisibles— desarma la pomposidad trágica de la Gran Historia Oficial.
II. Monsiváis y la trinchera urbana: Registrar el palpitar de la calle
La afinidad entre Pedro Lemebel y el mexicano Carlos Monsiváis es la de dos cartógrafos de la noche y el margen. Monsiváis, quien apadrinó con entusiasmo la irrupción de Lemebel en las letras hispanoamericanas, vio en el chileno a un par capaz de transformar el testimonio en alta literatura.
Ambos compartieron una certeza: la crónica es el género rey de América Latina. Frente a la novela monumental, la crónica permite registrar la velocidad del presente, la trampa de la transición democrática y los pliegues de la cultura popular.
Donde Monsiváis analizó el espectáculo, la religiosidad pagana y las subculturas de la Ciudad de México con una ironía sociológica brillante, Lemebel tradujo esa misma urgencia al Santiago gris de la postdictadura. Ambos rescataron el melodrama, el bolero y la televisión no como basura mediática, sino como la educación sentimental de los oprimidos. En sus páginas, la sátira al poder no se ejerce desde la tribuna académica, sino desde la agudeza del observador que conoce de memoria las esquinas, los bares y las protestas.
III. Bolaño y Lemebel: La furia ética y la belleza de los caídos
Si con Monsiváis hay una hermandad formal y temática en torno a la crónica urbana, el vínculo entre Pedro Lemebel y Roberto Bolaño se cocina en una temperatura ética diferente: la de la provocación, el exilio interior y la memoria de la violencia.
Bolaño, que solía ser implacable con sus contemporáneos, no dudó en señalar a Lemebel como “uno de los mejores poetas de mi generación y el tipo más valiente de Chile”. ¿Qué unía a la prosa sobria, detectivesca y melancólica de Bolaño con el encaje barroco y estridente de Lemebel?
La respuesta habita en su actitud ante el establishment. Ambos escritores mantuvieron un rechazo visceral hacia las complicidades del mundo literario y la domesticación política de los años noventa. En las ficciones de Bolaño (Estrella distante, Nocturno de Chile) y en los relatos de Lemebel, la dictadura militar no es un capítulo cerrado, sino una sombra deforme que infecta el presente. Ambos escribieron desde la fraternidad absoluta con los derrotados: los poetas malditos, las locas que morían de SIDA en la soledad, los muchachos aplastados por la maquinaria del estado. En los dos hay una devoción desgarrada por los caídos y una convicción radical: la poesía no es un adorno, sino el último refugio contra el horror.
Epílogo: El tacón que raya la historia
Pedro Lemebel no escribió para complacer al mercado ni para ingresar a los manuales de estilística. Escribió con el cuerpo, arrastrando el tacón por las alamedas de un país que quería olvidar rápido.
Ya sea en el pulso episódico de sus libros de crónicas o en la fluidez melodramática de Tengo miedo torero, su obra permanece como un testimonio vivo. En ese cruce donde la crónica de Monsiváis abraza la rabia luminosa de Bolaño, Lemebel levantó una catedral de barro y plumas para recordarnos que, aun en los tiempos más oscuros, la belleza también es una forma insumisa de la venganza.
