Reseña de “Algo quedará de mí” de Mercedes Monmany. Por Natacha G. Mendoza

Reseña de “Algo quedará de mí” de Mercedes Monmany. Por Natacha G. Mendoza

La crueldad es un idioma que la humanidad aprendió a conjugar demasiado pronto. A veces, asomarse a la memoria histórica es como cavar en la tierra buscando un vestigio de piedad que parece no existir. Eso es exactamente lo que provoca “Algo quedará de mí”, el último y desgarrador ensayo de Mercedes Monmany, publicado por Galaxia Gutenberg. Un descenso sin concesiones al abismo de Ravensbrück, el mayor campo de concentración femenino levantado por la maquinaria del Tercer Reich.

​Monmany no escribe para consolarnos. Su prosa, meticulosa y abrumadora, nos arrastra a un lugar donde la luz no existe y donde nuestra especie se despojó de cualquier rastro de compasión. Allí convergieron miles de prisioneras, pero la autora narra la historia de diez de ellas. Diez heroínas de la Resistencia europea que, ante el horror absoluto, miraron a la tiranía a los ojos y no agacharon el rostro. Venían de mundos distintos, abrazaban credos dispares, pero compartían la misma resistencia visceral frente al exterminio.

​La lectura se convierte en un acto de asfixia y redención a partes iguales. A través de estas páginas nos topamos con figuras inmensas como la etnóloga Germaine Tillion, la dramaturga Charlotte Delbo o Milena Jesenská. También somos testigos de la entrega absoluta de la monja Marie Skobtsova y de la juventud truncada de la poeta Grażyna Chrostowska. Cinco de ellas fueron devoradas por la muerte entre aquellos muros; las otras cinco lograron sobrevivir para cargar con el peso y el tormento de la memoria, para evitar que el silencio y el olvido terminaran el trabajo que empezaron los verdugos.

​El título de la obra, nacido de aquel verso de Horacio —«Non omnis moriar» (no todo lo mío morirá)—, es a la vez un lamento y un triunfo. En el texto de Monmany, el dolor no es un adorno literario; es la argamasa con la que estas mujeres construyeron su dignidad. La autora nos demuestra que la literatura y el testimonio, cuando nacen directamente de la herida, son el único refugio capaz de vencer a la barbarie.

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