Siempre fue la más linda, la más deseada, la que nunca tuvo novio. Porque no quiso. Porque siempre quiso al tango.
Su padre, cuando bajó del barco, abandonó las canzonetas y se enamoró de esa música doliente y melancólica.
Por las noches, los sonidos del bandoneón endulzaban los rincones del conventillo. María Sara aprendió allí los primeros abrazos querendones, las primeras caricias de esa música sensual que recorre los cuerpos enlazados en compases trasnochados.
En el patio florecido del Barrio de Barracas, fileteado con malvones y bombitas de colores, veía bailar hombres y mujeres simples, que se transformaban en reyes y princesas bajo el embrujo de un sueño compartido.
Creció presintiendo el sonido de sirenas de barcos trashumantes, atraídos por las aguas de un puerto febril de casas multicolores como paleta de Quinquela, perfumado con hedores oscuros y pegajosos de desechos aceitosos.
El rojo pasión tango fue su color. Cuando asomó su juventud, fue el tono que la acompañó en sus anocheceres porteños, en ese patio conocido, que ella misma lustraba para poder lucir sus ochos y sus sentadas, ante un público deslumbrado que la veía bailar.
Sarita, la milonguera, la reina pagana. La de cuerpo insinuante, prometedor. La de falda ajustada, con ese tajo que lucía largas piernas bien talladas. Calzada de rojo por una promesa nunca cumplida, hecha a un galán que la quiso enamorar.
No hubo hombre que no haya pisado ese patio. Todos partieron arrastrados por la tristeza y el desencanto de poseerla por un instante.
Más de uno vio la muerte en una noche de malevos desairados, atravesado por esos ojos que “ensartan corazones, los dejan moribundos… espejos donde el alma se asoma a coquetear”.
Ella vivió al compás de las máquinas que marcaban su trabajo de obrera invisible y de la orquesta que encendía su hembra ardiente en las noches de arrabal porteño.
Ni el tango cambió, ni ella.
Sólo las notas dulzonas de guitarras bien templadas, la acompañaron por los pentagramas de su historia de mujer.
Todos sabían que esa mujer sólo amaba en los abrazos de un tango.
Fui una letra de tango para tu indiferente melodía.
Julio Cortázar
Ana María Figueira.
