Toca con los dedos finos, que desconocen otro trabajo que no sea el de descubrir articulaciones rotas. Toca y no mira el tobillo, toca y fija sus ojos en los míos, toca y no acusa, solo busca respuestas que yo apenas digo en el gesto de apretar los labios. ¿Te duele?, pregunta y sostiene con cuidado el tobillo. El golpe fue culpa mía, un golpe estúpido al bajar de la cama. Escuché que la puerta del living se cerraba y supuse que Emanuel se iba sin saludarme. Quise darle un beso de despedida. Entonces tropecé y caí, un pinchazo en el tobillo. Emanuel no se había ido. Al verme, ayudó a que me sentara. Lo miro a él, a su nariz elegante, el rincón de la cara que más me gusta. No va a ser necesaria una placa, y me obliga a apoyar el pie en el piso, de a poco, que no sea bruta, remarca con la mirada expectante. Pide que suba el pie y lo deje otra vez en la misma posición que antes, sobre su pierna, y dice que es lo último, que casi terminamos; me gusta que hable como si los dos fuéramos uno. Lo que tiene en las manos no es una pastilla, sé lo que va a sacar del pomo negro con letras blancas, una crema que huele a perro muerto. No puedo olvidarme de ese olor. Una tarde, hace diez meses, él mismo se la puso después de jugar al tenis por una molestia en la muñeca. Te va a venir bien, dice con los ojos brillosos; y esta venda, apunta con un rollo que saca del bolsillo, también. Envuelve el pie cinco veces y lo sella con una cinta de papel. Soy una parte de una momia precaria. No me puso yeso ni una de esas botas horribles. La venda es la mejor opción; la crema no. Me voy a perfumar toda, y si digo toda es hasta en las zonas íntimas, una mujer debe oler bien, siempre. Entonces, cuando él termine voy a levantarme con cuidado y buscar los aros de plata que guardo en el estuche original, esos con forma de estrellas que me regaló para nuestro primer mes de novios; después voy a ponerme base, rubor, con la cara pegada al espejo del baño, y también me voy a arquear las pestañas antes de darle dos capas de rímel, compré una marca nueva que no deja grumos y quedan estiradas dejando un efecto lifting. Emanuel se muerde los labios con intensidad y eso me calienta; habla más lento que de costumbre, está concentrado. Ya casi termina con el diagnóstico, y yo estoy ansiosa por empezar el plan. Es un pequeño esguince, asegura, y saca de la mochila un blíster con unos calmantes para que los tome cada ocho horas. Voy a correr el tiempo entre toma y toma para no tener que despertarme de noche y entrar en el laberinto del insomnio. Lo indica como médico, con los gestos de la cara anulados por completo. Le suena el teléfono.
Mi plan también tendrá que esperar.
