Pasó hace seis meses
Fue en una calle en Barracas al sur una noche de verano, cuando el cielo es más azul y más estrellado.
A lo lejos, con luz mortecina, un cartel en la sombras parpadeaba. Yo venía desde el Dock, silbando meditabundo una canción, cruzaba mi soledad el ladrido de algún perro vagabundo.
Me fui acercando sin querer al viejo bar La Flor de Barracas, desde la calle se escuchaba gemir en lánguido lamento, la Balsa de Lito Nebbia. Los versos “estoy muy solo y triste” fueron como una aguja en mi pecho.
Entré, pedí un café y una copita de anís. Miré mis manos, estaban solas, siempre solas, sin su manos; reconocí una vez más con dolor, que nunca las tuve, que en mis sueños las hice mías desde que nos besamos con los ojos, en aquel pequeño barco en Puerto Pañuelo.
Ella balbuceaba castellano, y yo entonces, solo podía decir Paris en Francés y ella reía.
Lleno de idealismo y poesía, antes que su abuela me dijese en perfecto castellano “aléjese usted es un vivo” alcancé a darle mi pequeña tarjeta personal en donde con letras de molde se leía Roberto Dacal Fotógrafo Profesional. Hoy me da risa mi arrogancia, diecinueve años y auto titularme Profesional.
No pude ni quise olvidar el brillo de sus ojos oscuros, su gabán azul, su melena peinada por el viento del Sur, un lunar en la mejilla. La busqué en todas las mujeres de mi vida y como es lógico no la encontraba.
Hasta el anís que estaba tomando me pareció que sabía a ella.
De pronto La puerta del bodegón La flor de Barracas se abrió interrumpiendo mis recuerdos. Entró un viento frío junto a cinco turistas eran gente mayor.
Reconocí su idioma aunque no entendía lo que hablaban. Tres mujeres dos hombres. Una de las mujeres pelo blanco con mechones oscuros, quedó sentada mirando justo hacia donde yo estaba, fue un duelo de miradas, ese brillo no era el mismo que yo buscaba pero había algo, me armé de coraje fui a la mesa y pidiendo permiso dije Bernadette, Sin sorpresa sus ojos se nublaron tras los lentes, con manos temblorosas abrió su cartera y me dio la tarjeta de hace sesenta años. El silencio de sus compañeros acompaño mi palidez.
Quedé petrificado, ella me sacó del apuro al pararse y abrazarme, hablaba mejor castellano que yo, me presentó a sus amigos sorprendidos y en su idioma les comentaba sobre mí, no sé qué. Me hicieron lugar en su mesa.
Hicimos un repaso sutil de nuestras vidas ante esos cuatro seres invisibles para mí.
Brindamos con mucha alegría, ella no soltaba mi mano. Esa noche era su última noche en Buenos Aires, estaban apurados, viajaban a la madrugada.
No pude retenerla y no pude demostrarle lo que sentía era y no era mi Bernadette.
Abrazos muchos abrazos, un mar de besos en las mejillas, un solo piquito, y un tsunami de soledad que quise alejar con la botella de anís. Se fueron, se fueron como llegaron, con una brisa fría al salir. Nebbia ya no cantaba la Balsa ahora era el Polaco el que me taladraba el cráneo con su fraseo de “Naranjo en Flor” “y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó… después, que importa del después. Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado. Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz…
Arrastrándome por dentro y por fuera, como un harapo que no sirve de bandera, llegué a mi hotel pensión.
En el correo vía Mail que recibí hace tres días en el ordenador de portería. Me cuenta que vive lejos de Paris en un pueblo llamado Accous que está cerca del País Vasco, que desde su ventana se ven los picos nevados de los Pirineos, que siempre le recordaron el sur argentino. Que está viuda, que vive sola, que tiene dos hijos uno en Canadá y el otro en Finlandia que ambos le dieron nietos. Que es mujer de fe como su nombre, que hizo este último viaje por que estaba segura que nos encontraríamos. Quería volver a ver mis ojos de soñador aunque ahora usemos lentes, Que le dé una oportunidad, que así como yo fui de frente a la mesa donde ella estaba con sus amigos ella también va de frente.
Y acá estoy con una pequeña valija, y el pasaje de ida con regreso abierto que me envió, le llevo la foto que le tomé sobre aquel pequeño barco, foto que guardé y protegí como el más valioso talismán en todos los incendios y derrumbes que hubo en mi vida sin raíces. “Je vais”.
