Entrevista a Natalia Pioli, psicóloga y escritora, autora de “Ansiedad: el eco de lo que somos”. Por Juan Botana.
¿Nos volvimos ansiosos?
Hoy la ansiedad parece estar más presente y hay dos factores que ayudan a comprenderlo. Por un lado, contamos con mayor información para reconocerla y nombrarla y, por otro, vivimos bajo condiciones sociales y culturales que pueden intensificarla. Pero esa mayor presencia no significa que la ansiedad sea una experiencia nueva ni que todas las personas estén presentando un trastorno.
La ansiedad es tan antigua como la humanidad. Forma parte de nuestro repertorio emocional y de un sistema que nos permite anticipar posibles amenazas, prepararnos y responder. En determinadas circunstancias cumple una función adaptativa: puede ayudarnos a concentrarnos, organizarnos o movilizarnos.
Lo que sí ha cambiado es nuestra capacidad para identificarla. Actualmente hablamos de salud mental con una apertura que antes no existía, y eso permite que muchas personas comprendan experiencias que durante años atravesaron en silencio, encuentren palabras para expresar lo que sienten y puedan pedir ayuda cuando realmente la necesitan.
A su vez, no podemos pensar la ansiedad como una experiencia ajena a las condiciones sociales y culturales de cada época. Vivimos acelerados, sobredemandados, sobreestimulados y en un estado de disponibilidad casi permanente. A la incertidumbre se suman la exigencia de rendir, la comparación constante y la sensación de que siempre deberíamos estar haciendo más. Incluso el bienestar puede convertirse en una obligación: parecería que, además de cumplir con todo, también tenemos que sentirnos bien todo el tiempo.
Estas condiciones pueden actuar como amplificadores, aunque no explican por sí solas una experiencia tan compleja. La ansiedad es multicausal y adquiere una forma singular en cada persona, de acuerdo con su historia, sus vínculos, sus recursos y el momento vital que atraviesa.
La combinación entre una mayor capacidad para reconocerla y un contexto que puede intensificarla ayuda a comprender por qué la ansiedad ocupa hoy un lugar tan importante. Para entender qué sucede en cada persona es necesario observar cómo se presenta: con qué frecuencia aparece, qué intensidad alcanza, cuánto sufrimiento genera y en qué medida comienza a condicionar sus decisiones, sus vínculos o su vida cotidiana.
No podemos pensar la ansiedad como una experiencia ajena a las condiciones sociales y culturales de cada época. Vivimos acelerados, sobredemandados, sobreestimulados y en un estado de disponibilidad casi permanente.
¿De qué trata tu libro Ansiedad: el eco de lo que somos?
Ansiedad: el eco de lo que somos es un libro de contenido psicoeducativo que busca comprender la ansiedad en toda su complejidad y acercar conocimientos de la psicología mediante un lenguaje claro y accesible.
El recorrido está organizado en dos partes. La primera ofrece una base conceptual para comprender qué es la ansiedad, su carácter multicausal, las diferentes maneras en que puede manifestarse y los procesos biológicos, cognitivos, emocionales y conductuales que intervienen en su aparición y mantenimiento. También incorpora herramientas que pueden ayudar a reconocerla, regularla y comprender cuándo el malestar necesita ser atendido profesionalmente.
La segunda parte amplía la mirada hacia la dimensión más profunda y singular de la experiencia de cada persona. Explora la relación que la ansiedad puede guardar con la historia personal, los vínculos, las exigencias, la dificultad para aceptar la incertidumbre y las formas en que cada uno construye su vida. Allí adquieren especial importancia el autoconocimiento, la aceptación, el propósito, la búsqueda de sentido y esa dimensión profunda de la experiencia humana que en el libro recupero a través del concepto de alma.
El título condensa metafóricamente esta propuesta. Un eco no produce un sonido propio: resuena a partir de algo que ya fue emitido, lo retoma y lo vuelve audible. De una manera similar, la ansiedad puede resonar con nuestra historia, nuestros temores, nuestros vínculos, nuestra forma de interpretar y habitar el mundo y el momento vital que atravesamos.
Esto no implica que toda ansiedad contenga un mensaje oculto ni que responda a una única causa. La metáfora busca ampliar la mirada y proponer que el síntoma pueda convertirse en un punto de partida para formular nuevas preguntas, y no en el final de la comprensión.
Es un libro dirigido a quienes atraviesan experiencias de ansiedad, a sus seres cercanos y a todas las personas interesadas en comprenderla con mayor profundidad.
Ansiedad: el eco de lo que somos es un libro de contenido psicoeducativo que busca comprender la ansiedad en toda su complejidad y acercar conocimientos de la psicología mediante un lenguaje claro y accesible.
¿Qué aporte creés dar desde tu escritura?
Desde mi escritura busco aportar una mirada profunda e integradora sobre la ansiedad. Me interesa acercar conocimientos rigurosos sin volverlos inaccesibles y hacerlos comprensibles sin simplificarlos hasta deformarlos. Ese equilibrio es especialmente importante en un momento en el que circula mucha información sobre salud mental, aunque no siempre con el contexto, los matices y el cuidado que estos temas requieren.
Creo que el aporte diferencial del libro surge precisamente de esa manera de mirar. La ansiedad es un entramado complejo y ninguna teoría alcanza, por sí sola, para explicarla en su totalidad. Por eso elegí poner en diálogo distintas perspectivas de la psicología, reconociendo que cada una permite comprender una dimensión diferente de la experiencia.
Uno de los aspectos que considero más distintivos es la decisión de recuperar el concepto de alma, una palabra poco habitual en el lenguaje de la psicología contemporánea. En el libro la utilizo para nombrar esa interioridad profunda e integradora en la que confluyen nuestra vida simbólica, nuestros valores, nuestros deseos, la búsqueda de sentido y aquello que nos convoca hacia una vida que podamos sentir verdaderamente propia.
Considero que volver la mirada hacia esa dimensión es especialmente necesario en una época atravesada por el ruido, las exigencias externas y el mandato de productividad, en la que muchas veces dejamos de preguntarnos cómo estamos viviendo y cuánto de aquello que sostenemos nos representa. Recuperar el concepto de alma no busca reemplazar las explicaciones psicológicas, biológicas o sociales, sino ampliar la comprensión del ser humano e incorporar aquello que no siempre puede explicarse únicamente a partir de sus manifestaciones visibles.
Si una persona encuentra en mis palabras una forma de nombrar lo que le sucede y comprender algo que hasta entonces le generaba confusión; si la lectura le ofrece algo de calma para atravesar ese momento, le permite formular nuevas preguntas o reconocer cuándo necesita buscar ayuda, siento que mi escritura ha realizado un aporte valioso.
Si una persona encuentra en mis palabras una forma de nombrar lo que le sucede y comprender algo que hasta entonces le generaba confusión; si la lectura le ofrece algo de calma para atravesar ese momento, le permite formular nuevas preguntas o reconocer cuándo necesita buscar ayuda, siento que mi escritura ha realizado un aporte valioso.
Si una persona encuentra en mis palabras una forma de nombrar lo que le sucede y comprender algo que hasta entonces le generaba confusión; si la lectura le ofrece algo de calma para atravesar ese momento, le permite formular nuevas preguntas o reconocer cuándo necesita buscar ayuda, siento que mi escritura ha realizado un aporte valioso.
Si una persona encuentra en mis palabras una forma de nombrar lo que le sucede y comprender algo que hasta entonces le generaba confusión; si la lectura le ofrece algo de calma para atravesar ese momento, le permite formular nuevas preguntas o reconocer cuándo necesita buscar ayuda, siento que mi escritura ha realizado un aporte valioso.
¿Cómo se crean puentes?
Para mí, crear puentes significa acercar realidades que muchas veces permanecen separadas. En el caso de la salud mental, implica lograr que el conocimiento que se produce en ámbitos académicos y clínicos pueda llegar a la vida cotidiana de las personas de una manera clara, rigurosa y respetuosa.
Un puente no elimina la distancia entre dos orillas, pero permite atravesarla. La divulgación puede cumplir esa función cuando traduce conceptos complejos sin perder su profundidad y los relaciona con experiencias que las personas pueden reconocer en su propia vida. A veces, comprender lo que nos sucede, encontrar palabras para expresarlo o descubrir que otras personas atraviesan algo semejante puede disminuir la soledad y la confusión.
También creamos puentes cuando escuchamos sin apresurarnos a juzgar, diagnosticar o dar una respuesta. Escuchar verdaderamente supone interesarnos por la experiencia del otro, reconocer que no todos vivimos una misma situación de igual manera y permitir que esa persona encuentre sus propias palabras.
En ese sentido, escribir este libro fue mi forma de tender un puente entre la psicología y quienes necesitan comprender mejor lo que están viviendo. No para ofrecer respuestas universales, sino para acercar conocimientos, abrir preguntas y, cuando sea necesario, facilitar el camino hacia una consulta profesional.
Creo que los puentes se construyen de ese modo: haciendo que el conocimiento circule, creando espacios de escucha y acercándonos al otro con responsabilidad, sensibilidad y respeto por su singularidad.
Para mí, crear puentes significa acercar realidades que muchas veces permanecen separadas. En el caso de la salud mental, implica lograr que el conocimiento que se produce en ámbitos académicos y clínicos pueda llegar a la vida cotidiana de las personas de una manera clara, rigurosa y respetuosa.
¿Hasta qué punto nos escuchamos?
Creo que muchas veces nos escuchamos menos de lo que pensamos. Vivimos rodeados de estímulos, opiniones y exigencias que nos indican qué deberíamos hacer, cómo tendríamos que sentirnos y qué clase de vida deberíamos construir. En medio de ese ruido, podemos acostumbrarnos a responder automáticamente a las demandas cotidianas sin detenernos a registrar qué necesitamos o cómo estamos viviendo.
Además, escucharnos no siempre resulta sencillo ni agradable. A veces implica reconocer un cansancio que veníamos ignorando, un vínculo que nos produce malestar, un deseo que no coincide con lo esperado o una forma de vida que ya no nos representa. Por eso podemos evitar esa escucha llenando cada momento de actividades, obligaciones o estímulos que no dejan demasiado espacio para encontrarnos con nosotros mismos.
El cuerpo y las emociones muchas veces expresan aquello que todavía no pudimos reconocer o poner en palabras. Sin embargo, escucharlos requiere tiempo, atención y también cierta tolerancia a no encontrar respuestas inmediatas. No todo malestar puede interpretarse rápidamente ni cada síntoma posee un significado único, pero prestar atención a lo que nos ocurre puede ayudarnos a identificar necesidades, límites y conflictos que estaban quedando relegados.
Escucharnos tampoco implica actuar de manera inmediata sobre cada emoción o deseo. Significa darles un lugar, intentar comprenderlos y distinguir cuánto de lo que hacemos surge de una elección propia y cuánto responde al miedo, la costumbre o las expectativas ajenas.
Creo que la escucha interior es una práctica que necesita construirse. Puede aparecer en momentos de silencio, en la escritura, en una conversación significativa o dentro de un espacio terapéutico. Se trata de recuperar pausas que nos permitan volver a preguntarnos cómo estamos, qué necesitamos y si la vida que sostenemos guarda alguna relación con quienes somos.
Vivimos rodeados de estímulos, opiniones y exigencias que nos indican qué deberíamos hacer, cómo tendríamos que sentirnos y qué clase de vida deberíamos construir. En medio de ese ruido, podemos acostumbrarnos a responder automáticamente a las demandas cotidianas sin detenernos a registrar qué necesitamos o cómo estamos viviendo.
