No quiero aprender

No quiero aprender

Por Ana María Figueira

A Matín le habían dicho tantas veces que tenía que aprender que un día decidió no aprender nunca más.

No aprendería a leer, ni a escribir, ni a sumar. No aprendería los nombres de los árboles ni por qué la sombra lo seguía cuando volvía de la escuela. Tampoco aprendería a atarse los cordones. Para eso estaban los nudos que hacía su mamá, aunque a veces se desataran en mitad de la calle.

—No quiero aprender —anunció una mañana.

La maestra dejó la tiza sobre el escritorio.

—¿Por qué?

Matín se encogió de hombros. No tenía una respuesta. O tenía tantas que ninguna le servía.

Desde aquel día, cada vez que alguien intentaba enseñarle algo, él cerraba los ojos. Si le mostraban una letra, miraba para otro lado. Si le explicaban una cuenta, se ponía a silbar.

Si le hablaban de los planetas, salía al patio a buscar hormigas.

Los adultos comenzaron a preocuparse.

—Así no vas a llegar a ninguna parte —le decía su papá.

Matín miraba sus zapatillas. Tenían barro en las puntas y una piedrita atrapada en la suela.

Le parecía que llegar a alguna parte no podía ser tan importante como descubrir de dónde había salido aquella piedrita.

En la escuela, la maestra probó con cuentos, canciones, dibujos y juegos. Nada.

Matín persistía en su negativa.

Hasta que una tarde de otoño encontró un pájaro caído junto al tapial de su casa. Era pequeño, gris, y tenía un ala torcida. Lo recogió con cuidado y lo puso en una caja de zapatos. Después buscó agua, migas de pan y un pedacito de algodón para que no tuviera frío.

Al día siguiente, el pájaro seguía vivo.

Matín quiso saber qué podía darle de comer. Preguntó a mamá, consultó un libro de animales y, como no encontró la respuesta que buscaba, fue hasta la casa del vecino, que criaba palomas hacia muchos años.

El vecino le explicó algunas cosas. Otras no las sabía.

Matín abrió su libro.

Durante días, observó al pájaro. Aprendió a distinguir cuándo tenía hambre, cuándo estaba asustado y cuándo intentaba mover el ala. Aprendió que el agua debía estar limpia, que las migas no alcanzaban y que algunas heridas necesitaban cuidados que él no podía darle.

Una mañana, el pájaro comenzó a saltar dentro de la caja.

Matín sonrió.

Esa misma tarde, la maestra lo encontró en el patio de la escuela, agachado junto a un hormiguero. Llevaba un cuaderno abierto sobre las rodillas y un lápiz entre los dedos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.

—Estoy averiguando adónde van.

La maestra se sentó a su lado.

—¿Y qué descubriste?

Matín señaló una hilera de hormigas que desaparecía debajo de una baldosa.

—Que entran por acá, pero todavía no sé por dónde salen.

La maestra observó el cuaderno. Había dibujos, flechas, palabras escritas con letras desparejas y varias preguntas.

No dijo nada.

Pasaron las semanas. Matín siguió llevando su cuaderno a todas partes. Anotaba el nombre de las cosas que le interesaban y dibujaba aquellas que no sabía nombrar. Algunas tardes le pedía ayuda a la maestra; otras, discutía con ella porque sus explicaciones no lo convencían.

El pájaro, finalmente, pudo volar.

Matín lo llevó hasta el fondo del jardín, abrió la caja y esperó.

El animal permaneció inmóvil unos segundos. Después levantó las alas y desapareció detrás de los árboles.

Matín se quedó mirando el cielo.

Al día siguiente, cuando la maestra escribió una palabra en el pizarrón, él levantó la mano.

—¿Qué significa?

Ella se volvió hacia la clase.

Nadie respondió. Los chicos miraron a Matín, sorprendidos.

Él esperó un momento y agregó:

—Y otra cosa: ¿cómo sabemos que lo que usted nos enseña es verdad?

La maestra dejó la tiza sobre el escritorio.

Afuera, en el patio, una hilera de hormigas desaparecía debajo de una baldosa.

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