Escribo porque vivo y vivo porque escribo. Si bien no es el único canal de comunicación, la escritura es una forma de entendimiento con el mundo. Sus fronteras, sus luchas, sus utopías y distopias. Pero dentro del universo interior que llevamos dentro, la escritura es darle forma a lo inmaterial de la emoción, las pasiones, las pulsiones de vida y muerte, las caras del inconsciente y los impulsos. Escribir es la imperiosa y difícil ejecución de describir nuestro lugar en los mundos que habitamos. Así como un gol, la música, una mirada, la caricia adecuada, un abrazo… la escritura es sinopsis de la existencia de hombres y mujeres en la historia. En las escrituras de otros también encuentro una conversación de ausentes vivos aunque estén en otro plano. Por eso, así como cuando alguien te grita ¡cuidado! En medio de la avenida y evitan que te atropelle el 98 a Quilmes, la palabra puede salvarte en los ámbitos más inhóspitos y hostiles de esta vida. He ahí los poetas sonámbulos, los escritores decadentes, los musicos soñadores que nos invitan desde su escritura a completarnos el mundo y a la conversación inesperada e inevitable.
