No queda otra. Tengo que correr. Todos los días pasa lo mismo. Cuando suena el timbre, salgo a los piques. El subte. Casi, casi no llego al tren.
El andén y otra vez el timbre. Corriendo siempre. Como un salame, zafo de quedar sánguche con la puerta del vagón.
Otra vez parado. No quiero esperar. A casita rápido. El Chicho me espera, mueve la cola en cuanto me ve. Mi matecito espera también.
Pero mirá qué descarada. Acá, en el tren, peló la teta así nomás.
Y claro, el chico llora. Pero no es cosa de hacerlo en cualquier lugar. Decí que yo dejé la teta bien tempranito.
Mi mamá decía:
—Tiene que seguir chupando todo lo que quiera.
Mi abuela decía otra cosa.
Y mi abuela sabía.
Ahora soy un señor respetable.
Y la otra… Sí, tenía que ser. La mira como boba, la abraza y la besa. Acá, en el tren. Como si uno no se diera cuenta.
Ella, la negrita, ni se preocupa. El pelo largo y negro le cae sobre los hombros. El bebé juega con un mechón. Ella lo mira. Le canta bajito. Después le sonríe.
No parece importarle nadie.
Seguro que es un varón. Con tanta gente no lo puedo ver bien.
Si me pongo los anteojos se van a dar cuenta.
No sé de qué.
Mejor no.
Quedate tranquilo, Jorgito. No la mires más. No sea cosa que la otra venga y te encaje un piñón.
Miro por la ventanilla.
Casas y más casas. Calles y más calles. Estaciones y más estaciones.
Bajan. Suben.
Timbres.
Siempre igual.
Lindo paisaje. Muchos cercos de vías. Muchos cercos pelados.
Pelados como yo, que ya no puedo peinarme.
Si pudiera peinarme, seguro le presto mi peine.
En una de esas me quedo con algunos mechones y me entrelazo con ellos.
El tren pega un sacudón.
El bebé se ríe.
No sé por qué me doy vuelta.
Ella sigue cantando.
El pelo del chico se le enreda en los dedos.
Mejor me hago el dormido.
Cierro los ojos.
El tren sigue.
Del otro lado de los párpados, el cerco también.
Ana María Figueira
