Entrevista a Marianella Gómez, escritora y autora de Gritando en silencio. Por Juan Botana.
¿Cuánto dice el silencio?
El silencio puede decir mucho, pero también puede ser muy fácil de juzgar cuando se lo mira desde afuera. Preguntar por qué alguien no habló supone, muchas veces, que hablar era una posibilidad disponible. Y no siempre lo es.
En Gritando en silencio quise mostrar justamente esa parte que suele quedar fuera de la pregunta: qué tuvo que pasar para que el silencio existiera. No presentarlo como una decisión aislada, sino dentro de todo aquello que lo fue haciendo posible.
Creo que ahí cambia la mirada. El silencio deja de ser la pregunta y empieza a ser parte de la respuesta.
En Gritando en silencio quise mostrar justamente esa parte que suele quedar fuera de la pregunta: qué tuvo que pasar para que el silencio existiera.
¿Por qué decidiste publicar Gritando en silencio?
Decidí publicarlo porque el silencio es cómodo para los de afuera, pero destructivo para quien lo guarda. En una sociedad que muchas veces prefiere mirar para otro lado para no incomodarse con realidades duras como el abuso, yo elegí escribir desde la crudeza de lo real.
Pero ojo: no publiqué este libro desde el lugar de la víctima ni buscando la autocompasión, sino desde el control de mi propia narrativa. Es un acto de rebeldía y de resiliencia frente al pasado.
Hoy siento que Gritando en silencio ya no es solo mi historia; habla de silencios que existen mucho más allá de ella. Por eso también quise publicarlo: porque romper el silencio, aunque dé miedo, puede ser el principio de algo distinto.
Gritando en silencio ya no es solo mi historia; habla de silencios que existen mucho más allá de ella.
¿Qué sentís al viajar y al cruzar la mirada con los otros?
Siento una mezcla de curiosidad y empatía. Cuando viajo y miro a los ojos a la gente, me pregunto cuántos gritos ahogados habrá detrás de cada mirada seria o cansada. Cruzar la mirada con los otros es un recordatorio constante de que el dolor y la resistencia caminan al lado nuestro todo el tiempo, aunque la rutina nos haga parecer invisibles.
Cuando viajo y miro a los ojos a la gente, me pregunto cuántos gritos ahogados habrá detrás de cada mirada seria o cansada.
¿De qué se trata vivir?
No sé si alguna vez voy a tener una respuesta definitiva, y quizás ahí esté parte de la gracia. Para mí, vivir tiene mucho que ver con no esperar a que todo esté resuelto para permitirse disfrutar. Siempre va a faltar algo, siempre va a haber un problema, un miedo, un proyecto pendiente o algo que no salió como esperábamos.
Con los años empecé a valorar muchísimo lo cotidiano: compartir una comida, viajar, reírme hasta que me duela la panza, querer y sentirme querida, entusiasmarme con algo nuevo, equivocarme, cambiar de opinión. No necesito que cada cosa tenga un gran significado para sentir que vale la pena.
También creo que vivir es aceptar que podemos ser muchas versiones de nosotros mismos a lo largo del tiempo. No quiero pasar por la vida tratando de llegar a ser alguien. Quiero estar presente mientras voy siendo.
Para mí, vivir tiene mucho que ver con no esperar a que todo esté resuelto para permitirse disfrutar.
