Le dijeron blanco
buscó la nieve.
Halló la sal,
el hueso,
la espuma fatigada de las olas.
Le dijeron negro
descendió la noche.
Encontró el carbón,
el ala del cuervo,
la semilla que germina
en la tierra cerrada.
Le dijeron marrón,
abrazó el barro.
Las raíces lo llamaron hermano,
los árboles le prestaron el tronco y la semilla;
el pan recién nacido, su corteza tibia.
Le dijeron amarillo,
levantó los ojos.
El trigo lo saludó,
el ámbar conservó un insecto antiguo,
el sol dejó polen entre sus manos.
Después llegaron los hombres.
Midieron la piel,
como quien mide un territorio.
Dibujaron fronteras sobre la carne,
inventaron distancias
donde solo había cuerpos.
Pero la sangre
jamás aprendió esos colores.
Era roja
en todas las heridas.
La lágrima
jamás eligió un rostro.
Era transparente
en todos los dolores.
Y la tierra,
que conoce el secreto de los huesos,
nunca preguntó de qué color venían.
Porque la piel
no es bandera.
Es la luz
un instante,
un nosotros.
Cuando la tarde cae,
los colores
aprenden la misma sombra.
Y al cerrar los ojos,
nadie puede decir
de qué color es el sueño.
