Me acuerdo la primera vez que vi una foto mía en Facebook y me ofendí. Yo no la había subido e inmediatamente pensé si quería o no que aparezcan fotos mías en las redes. Después por esas cosas del destino terminé armando respuestas para funcionarios en redes sociales y más tarde se me ocurrió publicar libros. Y las redes me fueron útiles para la difusión.
Pero de ahí a estar pendiente todo el día del telefonito o la compu. Podría evitarlo. Y mirar quién puso me gusta, cuántas personas y quiénes miraron nuestros estados de Whatsapp o cuántos seguidores tenemos y los comentan, es un error. Como si todos tuviéramos la fantasía de ser virales. Y pensáramos que Youtube o Instagram nos va a pagar por tal o cual video que subimos. O nos haremos famosos algún día.
Y primero, mostramos nuestro emprendimiento o actividad profesional o comercial para promocionarla. Y después ponemos una foto nuestra para que nos reconozcan y más tarde vemos qué cosa podemos hacer para llamar la atención y hasta copiamos modelos y seguimos estadísticas o tendencias. Y hacemos cosas que nunca pensábamos que íbamos a mostrar para que otros las vean.
Y terminamos todos en una especie de exposición eterna. Y cuando nos queda corta la idea de red, pensamos en el concepto de colmena. ¿De qué manera podemos llegar a más gente, con un solo posteo y al mismo tiempo, en un mismo momento? Para aprovechar mejor el tiempo y dedicarnos a otras cosas. Pero esas cosas nunca las hacemos del todo y seguimos en ésta.
Porque cuando vamos al gimnasio nos filmamos y hacemos un vivo en Instagram. Porque cuando salimos de viaje o a comer publicamos historias para que nos vean. Porque ya no nos alcanza con la foto casual y la producimos y le sumamos filtros y cositas, y edición de video e inteligencia artificial y cuanta herramienta tecnológica nueva haya o aprendamos a usar para nuestra conveniencia.
Y aceptamos amigos y amigas que no conocemos y dejamos que nos siga cualquiera. Y permitimos que personas random y que no conoceremos nunca, comenten lo que hacemos y les agradecemos y hasta creemos que nos quieren o los queremos. Porque nos creímos que son fans o les interesamos de alguna manera.
Y ya no nos comunicamos con gente sino con seguidores porque nos interesa más ampliar nuestra comunidad que vincularnos de veraz. Y nos quedamos solos con una compu o el celu (creyendo que hay alguien del otro lado) que nos contiene y escucha. Y eso en el mejor de los casos (antes que sigamos hablando con Bot o IA varias o lo que sea).
Porque si sos mina tenés que aguantar que cualquiera te tire onda. Y todo por una imagen inventada para las redes sociales o estar buena. Imagen que hay que mantener y alimentar para que algo maravilloso suceda.
Como que todo el mundo hable de vos. Y cuantas más conversaciones generes más tu fama y posible entrada de plata se espera. Porque la carrera por la guita vía la tecnología otra vez nos garchó. Y cada vez se parece más a las maquinitas del Bingo o a vender tu imagen a cualquiera. Y si querías hacerlo o aspirás ser viral está bien. Pero, aunque sea cada tanto pensá cuál es tu límite. Qué querés mostrar y qué no. Qué harías por ganar un mango y qué no. Qué harías para qué hablen de vos y qué no. Porque lo estamos haciendo todo el tiempo como si fuéramos robots. Y después aceptar a los Bots va a ser casi un hecho. Porque la preparación cultural ya está hecha.
Y no es solo culpa de quienes la defienden o la crean: Javier Milei, Elon Musk, Donald Trump, Mario Pergolini, Mark Zuckerberg, Allen Newell o quien sea.
