Las cosas que aún están. Por Marianela Motta

Las cosas que aún están. Por Marianela Motta

Antonia vio que los bomberos terminaban de guardar el último tramo de manguera y hacían algunas señales para emprender la retirada. Se acercó al señor con el rostro tiznado de hollín, que llevaba un casco blanco, diferente al de los otros, que esperaban el regreso, sentados en la autobomba mientras bebían agua, muertos de sed por el calor de las llamas.

_ ¿Ya puedo entrar? _ se animó a preguntar con voz resignada.

Siete pasos le alcanzaron para que, con la mano derecha, pudiera levantar la cinta de “peligro”, mientras encorvaba su cuerpo y pasaba por debajo. Con la mirada hacia el piso por aquel movimiento, notó que la punta de uno de sus zapatos había pisado una hoja de papel, un poco más gruesa que la de un de cuaderno escolar. Estaba mojada y del lado del revés. La levantó con una mano y la sostuvo, luego se terminó de incorporar y la dio vuelta.  Era una foto de ella con su abuela del día que se mudaron a aquella casa. Habían pasado casi cincuenta años. La secó con parte de su saco y también secó sus lágrimas, mientras sostenía aquel recuerdo y la mirada fija en él. Dio los tres pasos que le faltaban para ingresar a la casa, se descolgó la mochila, sacó su cuaderno azul de tapas duras y espiral pequeño, guardó la foto entre las hojas. Eran las nueve de la mañana, pero también las doce de la noche. El color negro profundo de las paredes había convertido el día en oscuridad.

Cascadas de agua sucia las recorrían como en cámara lenta. Caían

sobre el bahiut que estaba en el comedor de la casa, y también sobre el sillón verde inglés o lo poco que quedaba de él.

Giró como buscando algo con los ojos llenos de ilusión, casi con desesperación. Parecía como si una niebla matinal se hubiera instalado en aquel PH al fondo de la calle Chanas, en el que había habitado hasta hacía tres años Ofelia, aquella señora que, de alguna manera, se había convertido en la más especial y adorable del mundo para ella.

Pudo ver la silla mecedora, y recordó cuando se sentaba en allí. Las patas de madera, raras y semicurvas, le abrieron el juego: tocar las baldosas del piso del comedor con la punta de sus zapatos encharoladolos.

 De repente le pareció oír la voz de su abuela contar los cuentos desde el sillón:

_ ¡Que te conviertas en gato! ¡Que te conviertas en gato!

Aprovechó el momento de mayor concentración en la lectura, para pegar un salto rápido entre la silla y el frasco de vidrio azul, lleno de caramelos que su abuela guardaba en el rincón más escondido del bahuit, detrás de una pila de platos y una panera de mimbre.  A pesar de ser apenas una niña, tenía muy bien calculado el tiempo que le llevaba aquella hazaña. Cronometrado:  doce segundos pasaban justo cuando volvía a la silla con un caramelo en la boca, y el chisporroteo de alguna leña seca envuelta en las llamas, la hacía sonreír. Cuando eso sucedía, siempre giraba la cabeza sobre su hombro izquierdo para mirar en silencio a su abuela, y así confirmar que ella también había escuchado aquel sonido resquebrajante de las ramas secas, cediendo ante el fuego.

_ Señora, tenemos que precintar todo antes que lleguen los peritos, disculpe, pero ya se tiene ir.

Una mezcla de angustia y consolación se le instalaron el pecho al darse cuenta que algunas de las pequeñas cosas que compartía con su abuela durante las tardes de lecturas, se habían salvado del incendio.

Caminó hacia el bahiut y cuando intentó abrir una de sus puertas tomando la manija rectangular de bronce, se quemó las yemas de los dedos índice y pulgar; los frotó rápido contra el pelo, como cuando era chica. Se envolvió mano con la manga del saco, y esta vez sí pudo abrir la puerta. Con la espalda curvada hacia adelante y las rodillas flexionadas, tanteaba con la mano derecha entre algunos platos y objetos que no llegaba a distinguir. Por momentos, metía la cabeza en aquel cuadrado de madera antigua en busca de la caramelera. Cada tanto, llevaba el brazo izquierdo hacia atrás para confirmar que la mochila estuviera cerrada, y así asegurase de que aquel primer tesoro que encontró cuando llego a la casa, aún seguía a salvo.

Por fin pudo alcanzar la caramelera. Tanteó. Sí, la tengo, pensó

La guardó en el otro bolsillo del saco. Se incorporó mirando a su alrededor. Quería llevarse todo, rescatar los objetos que representaban para ella recuerdos de las tardes en la casa de Ofelia.

 Sentía que, recuperando aquellas cosas, podía sorprender y hacer sonreír a su abuela.

Volvió a mirar toda una vez más.  El sillón era enorme, si hubiera entrado en su espalda, si hubiera tenido las fuerzas suficientes para cargarlo en la bicicleta con la que había llegado a la casa incendiada, seguramente lo hubiera hecho. Pero no podía, era demasiado grande. Se quedó unos segundos mirándolo, justo cuando empezó a escuchar voces acercándose desde la puerta de entrada.  Tengo que salir ya, pensó. Observó la silla mecedora, la misma donde ella se sentaba de espaldas a su abuela y frente a la chimenea durante las tardes de lecturas. “Tampoco puedo”, dijo en voz baja.

Advirtió en el piso, dos almohadones apenas chamuscados ¡eran del sillón! Se habían salvado, como ella estaba salvando aquellos recuerdos. Los tomó entre sus brazos, así, abrazándolos como quien protege a un niño de una lluvia repentina.  Caminó algunos pasos por el pasillo, hacia la puerta de calle, en uno de los costados, pudo distinguir el empapelado de las paredes con un fondo blanco y flores celestes.

Alguien que entraba apurado y en sentido contrario, pechó su hombro izquierdo con tanta fuerza que todo su torso giró hacia atrás, como si algo repentino quisiera que por última vez hiciera un registro visual de aquel lugar. Recorrió cada detalle de todo lo que dejaba allí. Volvió la vista a hacia la salida. Cuando el pasillo terminó y se encontró con la puerta, la atravesó. Tomó el picaporte, y mientras la cerraba, su mirada se perdió en aquel comedor, donde descansaba el sillón verde inglés.

Bajó el escalón de mármol blanco que separaba la casa del piso de la vereda, y sin querer se quedó con el picaporte en la mano. Sonrió, y también se lo guardó en uno de los bolsillos del saco.

Subió a la bicicleta, y pedaleó hasta el nuevo hogar donde la esperaba la abuela Ofelia para escuchar una historia distinta que le llevaba su nieta. Para atravesar juntas una nueva puerta, pero con el picaporte de siempre.

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