Me acuerdo cuando escuchaba de chico decir que en Suiza no importaba quien era el presidente porque estaba todo bien. No había inflación, la gente tenía trabajo, seguro social, vacaciones pagas, eran lindos, vivían en Europa, tenían los Alpes como postal turística y encima el presidente no se metía en guerras, ni agredía a la prensa, ni existía twitter.
El otro día lo escuché a Mario Pergolini en una entrevista en la radio con Ernesto Tenembaum decir que al 70 u al 80 por ciento de los argentinos no les importaba lo que decía o hacía Javier Milei. Y que en Estados Unidos pasaba algo parecido con Donald Trump.
No sé cómo calculó ese 70 u 80 por ciento y tampoco me parece que dos países como Argentina y los Estados Unidos sean una estadística sería para pensar en eso. Pero algo de lo que dice es cierto.
Puede que el exceso de mensajes agresivos por redes y las barbaridades que dicen y hacen todo el tiempo lo dos, haga que no tengamos ganas de escucharlos más. Y de alguna manera dejamos que hagan o digan lo que quieren. Y dejaron de importarnos no porque está todo bien, sino por cansancio.
Tenemos tantos quilombos: de guita, de trabajo, de vivienda, familiares, emocionales, de relaciones sexo, existenciales, de poco tiempo libre, de poca realización personal, etc.
Que estamos hartos.
Hartos de escuchar a un tipo gritar, hablar mal del otro, de ver cómo se pelea con un presidente o un periodista, tratando de sacar leyes que no nos benefician directa ni indirectamente a ninguno o a casi ninguno de nosotros.
No mejoran nuestra calidad de vida, no nos dan más trabajo ni más tiempo libre, ni siquiera grandes posibilidades de progresar, ni alguna esperanza más no sea a lo lejos.
Lo triste es que no nos estamos dando cuenta que cuando alguien se queda sin trabajo en parte es culpa del presidente, de los ministros, de los gobernadores, de los senadores, de los diputados de los jueces, etc. Que cuando no podemos pagar los servicios, la tarjeta, la comida o el boleto de bondi también. Y también es culpa de los empresarios, de la deuda externa, de la situación del país, del contexto mundial y de lo que nosotros hacemos. Y lo que podemos hacer además de trabajar, de estudiar, de ser buenas personas, de cuidar a nuestros hijos, de ayudar al otro, es votar a otro presidente o exigir a éste que sea mejor.
Y alguno me dirá que no votamos al que queremos sino a uno de los tantos que se presentan. Y tendrá razón. Pero está buenísimo que el próximo o los mismos, si es que siguen siendo presidentes (Milei en la Argentina y Trump en los Estados Unidos), encuentren la manera de no endeudarnos, de generar posibilidades para que haya más trabajo y que ese trabajo sea mejor pago, que achique la pobreza, que vele por nuestra seguridad y por el acceso a la vivienda, a la educación y a la salud, que cuide los recueros naturales del país que son finitos y no nos remate en una subasta pública donde sólo los grandes privados tengan acceso.
Tampoco es un buen ejemplo que grite todo el tiempo. Se los digo con conocimiento de causa.
Y los demás nos tapemos los oídos o creamos que los presidentes son un holograma, como me dijo alguna vez una chica que conocí. Mientras no le alcanzaba para llegar a fin de mes y tenía la casa en venta para pagar las deudas.
